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Monguillot dio en la tecla

viernes, 29 de agosto de 2025 00:45

Alrededor de medio millón de catamarqueños habitan la provincia, y seguramente son muy pocos los que alguna vez fueron o conocen El Tolar. Entre los 50 millones de argentinos, lógicamente, prácticamente nadie sabe que ese lugar está en el mapa. El Tolar es un pueblito que forma parte de las casi 40 comunidades indígenas de Catamarca, y a lo largo de su historia se la vinculó con una palabra: abandono. Ubicada en el interior profundo, el “interior del interior”, El Tolar aparecía en desventaja incluso con respecto a otros lugares del norte de Belén. Y no es casual ni caprichoso que durante décadas el pueblo se haya visto postergado. No alcanza sólo la voluntad para trabajar allí: hacen falta muchos recursos, porque la geografía es hostil y multiplica los costos de cualquier obra. El Tolar está a 3.200 metros de altura sobre el nivel del mar, a casi 500 kilómetros de la Capital provincial y siempre exigía, para llegar, alrededor de 10 horas a caballo entre las montañas, porque no existía ningún camino que condujera hasta allí.

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En El Tolar viven unas 90 personas. En cualquier edificio de la ciudad hay más habitantes que en todo ese pueblo. Electoralmente, El Tolar no ofrece ningún beneficio político: un aspirante a concejal capitalino, con los votos de toda la población de El Tolar, no podría ni presentarse a una interna. Todas las familias del pueblo entrarían sentadas en dos colectivos de larga distancia. Rédito cero. Pero allí fue el Gobierno provincial, y puso dinero, proyectos, decisión, para construir un camino. Cerca de 30 kilómetros en una zona inhóspita y completamente desfavorable para cualquier obra. Y hoy El Tolar está integrado al resto de la provincia.

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¿Por qué se hizo ese esfuerzo? Porque son personas, porque son comprovincianos, porque tienen los mismos derechos que todos nosotros. Sean 90 o sean 10. Y lo entendió el Gobierno catamarqueño, y lo celebró toda Catamarca, aquí donde todavía la mayoría cree en el Estado presente para mejorar calidad de vida, y donde la justicia social no se considera una aberración. El Estado somos todos los catamarqueños, y la solidaridad y el interés son lo que permiten tener fe en un destino común. Como dijo el ministro Fernando Monguillot, “nadie imagina al ‘mercado’ abriendo un camino a El Tolar, porque el mercado busca rentabilidad, pero un Estado presente sí, porque piensa en la gente y su dignidad”. Es la realidad, ese punto donde las teorías de la especulación financiera y el irracional deseo de destruir al Estado desnudan toda su miseria e inhumanidad. Por suerte, la obra no necesitó de la aprobación del FMI ni de los manipuladores de motosierras: para ellos El Tolar no existe. Para Catamarca sí.

El Esquiú.com
 

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