Cada 10 de septiembre la Iglesia Católica celebra a San Nicolás de Tolentino, un sacerdote de la Orden de San Agustín, nacido en Sant’Angelo in Pontano, Italia, en 1245. Su vida fue un constante servicio a Dios y al prójimo, destacándose por su profunda piedad y su caridad hacia los más necesitados.
Desde joven, Nicolás mostró una inclinación por la vida religiosa y la oración. Ingresó en la Orden de San Agustín a los 18 años y fue ordenado sacerdote en 1270. Pasó la mayor parte de su vida en el convento de Tolentino, donde se dedicó a la predicación, la confesión y, sobre todo, al cuidado de los pobres y los enfermos.
San Nicolás era conocido por su ascetismo y sus largas horas de oración. Ayunaba rigurosamente y vivía una vida de extrema pobreza voluntaria. Se le atribuyen numerosos milagros, incluyendo curaciones de enfermos y la multiplicación de alimentos para los necesitados. También es venerado como intercesor por las almas del Purgatorio, a quienes se aparecía para consolar.
Es patrón de las almas del Purgatorio, de los niños y de la buena muerte. Su devoción se extendió rápidamente por Italia y luego por toda la Iglesia. La «vara de San Nicolás», con la que se dice que realizó milagros, es un símbolo de su poder intercesor. Falleció en 1305 y fue canonizado por el Papa Eugenio IV en 1446.
