Febrero tiene ese pulso antiguo que late más fuerte en el norte. Y ayer, en Casa de la Puna, volvió a escucharse. Entre harina suspendida en el aire, coplas y ramitas de albahaca perfumando la tarde, el Pujllay regresó a la superficie. El pequeño “diablito” fue desenterrado desde la boca de la Pachamama, como dicta la ceremonia que abre el Carnaval andino, y con él despertó la alegría colectiva.
Una vez más el atractivo turístico fue el lugar donde se reencuentran turistas y residentes para celebrar una de las ceremonias y fiestas más representativas de las culturas aborígenes: el Carnaval andino en la Capital.
De esta manera, creencias, símbolos y prácticas, música y colores confluyeron en un mismo espacio donde prestadores culturales, gastronómicos y turísticos recibieron a las familias para sumarlas al festejo y, sobre todo, para rescatar las tradiciones andinas, tal cual la premisa de la Secretaría de Turismo y Desarrollo Económico de la Capital, organizadora de la propuesta.
“Las actividades tuvieron un sentido profundamente cultural y comunitario, y fueron disfrutadas tanto por vecinos y vecinas como por turistas que eligieron la ciudad para estos días. La propuesta de la Chayita estuvo pensada especialmente para las familias y para niños y niñas, como una forma de acercarlos a las tradiciones del carnaval, al canto en coplas, al armado de cajas chayeras y a la celebración colectiva”, destacó Gustavo Yurquina, Director de Turismo Capital.
Música con identidad
Familias enteras se ubicaron en la plaza frente al escenario montado sobre la calle. Niños con las mejillas blancas de harina corrían entre los puestos de artesanos y productores; turistas de San Juan, Buenos Aires, Santiago del Estero y Tucumán y residentes se mezclaban sin distinción. La fiesta no distinguía procedencias: todos eran parte del mismo rito del Carnaval andino.
La postal presagiaba la fiesta que se viviría minutos más tarde, entre una multitud bailando, cantando, arrojando harina y luciendo ramitas de albahaca, uno de los sellos distintivos del ritual norteño.
Antes del momento central, el sonido de las cajas comenzó a marcar el compás. El profesor Pablo Olaz guiaba a grandes y chicos en la construcción de cajas, pañuelos y muñecos chayeros. Luego, ofreció un taller para crear e interpretar el canto de coplas. “Nuestro objetivo es reflotar ritmos típicos como bailecitos, vidalas chayeras propios del norte para concientizar sobre nuestras cosas”, destacó el docente que junto a un grupo de colegas conforman además la banda “Amalgama” que interpreta folklore para las infancias.
Juan Carlos Allosa, referente de las comunidades Kakán Putquial y ACOC, encabezó el Desentierro del Pujllay. Junto a su hija, extrajo el pequeño muñeco que simboliza la fertilidad y la risa compartida. Durante nueve días, el Pujllay será celebración viva; luego regresará a la tierra o será consumido por el fuego, cerrando el ciclo que cada año renueva el vínculo con la Madre Tierra.
“Para nosotros fue un honor tratar de mostrar en la Capital lo que realmente son tradiciones bien añejas en el interior. Se celebra con una alegría intensa por todo lo que significa, para agradecerle a la Madre Tierra todos los favores que nos brinda y eso da comienzo a las fiestas”, indicó Allosa, al explicar el significado espiritual del Carnaval andino.
Memoria y tradición viva
Cuando cayó la tarde, la música tomó el escenario. Las agrupaciones “Amalgama” y “Brotecitos”, junto a la voz de Emilce Quinteros, cerraron la jornada entre cantos y baile, tras la conducción de Franco Ocaranza y los sorteos promovidos por Turismo Capital.
Pero nadie parecía dispuesto a irse del todo. El carnaval no es solo una fiesta: es memoria que se hace presente. Porque el Desentierro del Pujllay no es un acto folclórico ni una postal turística. Es una conversación con la tierra. Es agradecer lo recibido. Es recordar de dónde venimos para no perder el rumbo.
“Hay que transmitirlas, hay que enseñar, hay que hacer que las practiquen, es la única forma que nos queda para que no muera. No vas a amar lo que no conoces y no vas a defender lo que no amas”, expresó Yanina Allosa, defensora del legado andino, reafirmando la importancia de preservar las tradiciones culturales del norte argentino.
