Usted espera que la justicia llegue cuando la necesite. Que sea rápida. Que sea firme. Que sea clara. Que no tiemble frente al poder. Que no humille al débil. Que no mire para otro lado.
Usted espera que la justicia lo proteja cuando tenga miedo. Que lo escuche cuando le hayan hecho daño. Que castigue cuando alguien haya quebrado la ley. Que repare cuando el dolor sea irreparable. Y está bien que lo espere.
Pero la justicia —esa palabra enorme que solemos invocar como si fuera una persona— también espera algo de usted.
Espera que no la convierta en venganza. Que no la empuje al espectáculo. Que no la use como arma política ni como desahogo de odio.
La justicia espera que usted entienda que no todo lo que indigna es delito. Que no todo lo que duele se resuelve con prisión. Que no todo conflicto necesita un castigo más alto, más duro, más eterno.
Espera que respete las garantías cuando el acusado no le simpatiza. Porque las garantías no se diseñaron para los inocentes: se diseñaron para cuando el poder puede equivocarse.
Espera que no celebre el escarnio público. Que no pida condenas en redes sociales. Que no mida el valor de un juez por la cantidad de años que impone.
En Argentina hemos aprendido —a veces de la peor manera— lo que ocurre cuando la justicia deja de ser derecho y se convierte en herramienta de persecución o de aplauso fácil. La historia de nuestra democracia, desde la recuperación institucional en 1983, nos recuerda que el equilibrio es frágil y que las instituciones se erosionan cuando se las fuerza a responder a la emoción del momento.
La justicia espera ciudadanos críticos, no fanáticos. Ciudadanos que exijan transparencia, pero también responsabilidad. Que pidan celeridad, pero comprendan el debido proceso. Que reclamen condenas cuando correspondan, pero también absoluciones cuando la prueba no alcanza.
Usted puede —y debe— exigir independencia. Puede reclamar perspectiva de derechos humanos. Puede pedir que la justicia sea más cercana, más clara, más humana.
Pero también debe aceptar que la justicia no es un atajo para resolver todos los males sociales. No es política pública de seguridad. No es terapia colectiva. No es revancha.
Es límite. Es garantía. Es contención del poder.
Lo que usted espera de la justicia habla de su confianza en el Estado de Derecho. Lo que la justicia espera de usted habla de su compromiso con la democracia.
Porque al final, la justicia no es solo jueces y juezas. Es una construcción colectiva.
Y cada vez que pedimos menos garantías para otros, estamos pidiendo menos garantías para nosotros mismos.
Esa es la paradoja.
Y también la responsabilidad.
(*) Juez de Cámara de Responsabilidad Penal Juvenil de Catamarca. Profesor adjunto de Derecho Penal II de la Universidad Nacional de Catamarca. Miembro de la Mesa Nacional de Asociación Pensamiento Penal. Miembro del Foro Penal Adolescente de la Junta Federal de Cortes (Jufejus). Miembro de Ajunaf. Miembro de la Red de Jueces de Unicef.
