martes 5 de agosto de 2025
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Algo en qué pensar mientras lavamos los platos
Rodrigo L. Ovejero
La única verdad es la realidad, dijo alguna vez el General Juan Domingo Perón, en una afirmación implacable, ontológicamente indiscutible, con la que he estado renegando prácticamente desde que nací, cada vez que la realidad, tozuda, se ha mostrado inflexible a acomodarse a mis deseos.
Pues bien, esa misma realidad me ha dado un nuevo zarpazo y ha hecho que tenga que enfrentarme a otra verdad de la que ya llevaba un buen tiempo escapando: mi remera de la gira 2011 de Clapton ya no es apta para el uso en público. No era una prenda nueva, como seguramente el sagaz lector deducirá, pero era una prenda querida, y a veces es difícil decirle adiós a una de esas.
Supongo que no soy el único que pasa por estos trances, todos tenemos esas prendas que nos hacen sentir más confiados, ganadores, la clase de gente que nunca tiene que correr un colectivo. Una remera que nos queda cómoda, unas zapatillas que son como andar descalzos, un traje que nos permite pedir un Martini agitado, no revuelto, con elegancia y aplomo. Esas prendas que nos hacen sentir que ningún interés amoroso está fuera de nuestro alcance, que somos la persona indicada para un trabajo del cual en verdad no tenemos la más mínima noción. Es difícil deshacerse de algo así, en mi caso las uso hasta que el buen gusto o el decoro imponen la despedida (habitualmente es mi esposa quien me indica que ha llegado ese momento).
Esto es particularmente difícil para mí porque Clapton fue, además, la inspiración para dedicarme a la guitarra. Lo hice de manera irresponsable, como con tantas cosas, y jamás honré el llamado musical como era debido. Nunca pude acortar las distancias que nos separan como guitarristas, a pesar de que en alguna etapa de mi vida lo intenté con cierto esfuerzo. Digamos que, si la guitarra fuera un viaje, yo todavía estaría en la etapa de avisar en el trabajo que voy a faltar unos días, mientras que Eric se encuentra a años luz en algún lugar del universo a bordo de su Fender Stratocaster (hace un tiempo, sin embargo, me enteré que sufre una enfermedad neurológica que le dificulta el movimiento de sus manos, con lo cual es posible que nuestros niveles se acerquen en algunos años).
La remera de Clapton ahora descansa en un cajón, del que solo sale de vez en cuando para ocasiones domésticas. Pasarán unos años hasta que su estado sea tan deplorable que ya ni siquiera sea apta para ocasiones de entrecasa y vaya a perderse en el mismo destino que tantas otras prendas por las que en alguna época tuve predilección. Pienso aprovechar los días que nos quedan juntos, no pienso apresurarme a descartarla. Parafraseando al Negro Álvarez, planeo utilizarla hasta el día en que no pueda distinguirse si se trata de una remera con muchos agujeros, o de muchos agujeros cosidos entre sí.
