domingo, 4 de enero de 2026 19:40
Dormir bien no es un lujo ni un detalle menor, sino una necesidad básica para el correcto funcionamiento del organismo. Durante el sueño, el cuerpo repara tejidos, regula hormonas, consolida la memoria, fortalece el sistema inmunitario y contribuye al equilibrio emocional y cardiovascular. Sin embargo, cuando el descanso es insuficiente o de mala calidad, estos procesos se ven alterados y las consecuencias impactan de lleno en la salud.
En Argentina, el problema del mal descanso es cada vez más frecuente. Según datos de relevamientos realizados por el Ministerio de Salud de la Nación y distintas sociedades científicas, cerca del 21% de la población duerme menos de ocho horas por noche. Además, entre el 38% y el 39% de las personas presenta insomnio o sueño interrumpido. Estudios desarrollados durante y después de la pandemia evidenciaron, además, un aumento de los trastornos del sueño, especialmente en adolescentes y adultos.
“Durante el sueño se activan mecanismos indispensables para el correcto funcionamiento del organismo. El sueño profundo favorece la recuperación física y el sueño REM cumple un rol central en la regulación emocional y la memoria. Dormir poco o con despertares frecuentes interfiere con estos procesos”, explicó Valeria El Haj, directora médica nacional de Ospedyc.
Las guías internacionales recomiendan que los adultos duerman entre siete y nueve horas por noche, mientras que niños y adolescentes necesitan aún más tiempo de descanso. No obstante, los especialistas subrayan que no solo importa la cantidad de horas, sino también la calidad del sueño, que incluye la continuidad del descanso, el tiempo que se tarda en conciliarlo y la frecuencia de despertares nocturnos.
La falta de sueño tiene efectos directos en distintos sistemas del organismo. A nivel cognitivo, disminuye la atención, enlentece el pensamiento, afecta la memoria y aumenta la probabilidad de cometer errores. En cuanto a la salud mental, el descanso insuficiente incrementa la irritabilidad y se asocia con un mayor riesgo de ansiedad y depresión.
El impacto también se extiende al sistema cardiovascular, ya que dormir mal se vincula con hipertensión arterial, arritmias, enfermedad coronaria y un mayor riesgo de accidente cerebrovascular. A su vez, la privación de sueño debilita el sistema inmunitario, favoreciendo procesos inflamatorios y reduciendo las defensas frente a infecciones. “El mal descanso no solo afecta cómo nos sentimos durante el día, sino que también tiene consecuencias a largo plazo sobre la salud”, advirtió El Haj.
Para favorecer un sueño reparador, los especialistas recomiendan mantener horarios regulares para dormir y despertarse, incluso los fines de semana; descansar en ambientes oscuros, silenciosos y con temperatura confortable; evitar el uso de pantallas al menos una hora antes de acostarse; limitar el consumo de cafeína, alcohol y tabaco en las horas previas al sueño; realizar actividad física de manera regular, evitando el ejercicio intenso por la noche, y optar por cenas livianas.
Asimismo, se aconseja consultar con un profesional de la salud ante la presencia de insomnio persistente, ronquidos intensos, pausas respiratorias durante el sueño o somnolencia diurna excesiva, ya que podrían ser signos de trastornos que requieren evaluación y tratamiento.
