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Andrés Calamaro es más que Charly García

Andrés Calamaro es el dueño del cancionero popular más importante de la República Argentina. Nadie hizo tanto como él. Por alguna razón que escapa a la comprensión, su nombre no entra en el imaginario podio de estrellas, donde mencionamos a los puglieses de siempre: Spinetta, Charly, Fito Páez, Cerati.

Tardamos, nos dimos cuenta de la importancia dominante de Calamaro recién en los shows que dio esta semana en el Movistar Arena. El primer recital fue perfecto, incluso tan perfecto que un hit tras otro -cosas de la abundancia- no nos permitía metabolizar tanta genialidad.

¡Qué bien hace la música en vivo! ¡Qué bueno poder cantar! La energía de sentirse atravesado por el sonido es algo que rara vez nos sucede. Calamaro es un tipo que hasta se da el gusto de armar un popurrí con su propio repertorio. Las canta un poquito y pasa a otro tema. Eso quiere decir que tiene de sobra.

Al estilo del viejo Bob Dylan también hace otra cosa: deforma las estrofas de sus canciones. Por un momento, por ejemplo, no reconocés Estadio Azteca, pero cuando viene el estribillo, redondea la versión conocida. Y todo estalla.

Lo primero que pensás es: cuánto más finos los artistas de derecha. Lo segundo: Calamaro nunca se dejó la barba. Lo tercero: realmente envidiable la persona que vive de hacer canciones.

En su armado y su desarmado, Andrés juega a sabotear el principio de satisfacción, de uniformidad y de falta de ideas. Esto también encuentra su correlato en la posibilidad de ser una figura que elige expresarse por otros medios.

Digamos que Calamaro está muy atento a la voz propia y se toma el trabajo de pensar distinto. No es poco. Donde el Salmón nada, otros se ahogan.

Andrés Calamaro, en el Movistar Arena. La canción con la que arrancó el show ya era una declaración de principios. Foto: Emmanuel FernándezAndrés Calamaro, en el Movistar Arena. La canción con la que arrancó el show ya era una declaración de principios. Foto: Emmanuel Fernández

¿Cantor de derechas o de libertad?

En una crítica de los shows del Movistar, otro medio lo tildó de simpatizar con la ultraderecha. Quizás no debería ser la libertad de elección la que cargue de sentido a un artista, sino la libertad de poder ser uno mismo. El riesgo de esa libertad, sin embargo, es ambivalente porque encierra la paradoja de no ser libre para poder disimularla.

En el contexto de su controvertido posteo político del fin de semana en redes sociales (“Podemos elegir entre algo distinto o más tiros en los pies”), Andrés empezó su concierto del miércoles, el primero de los dos, con Output-Input, justamente de su álbum El Salmón (2000). El tema arranca así: «Mejor hijo de puta conocido/Que boludo por conocer». Lo personal es político.

Descubrimos su voz en Los Abuelos de la Nada. Año 1982. Tiempos pelmazos de la canción de protesta, discos como Reina Madre, cantautores como Raúl Porchetto (ufff) hasta que de golpe apareció un don nadie diciendo que el invierno lo había alcanzado sin gamulán.

Calamaro rompió el molde del rock nacional. Fue él. Para exagerar el gesto y ponerlo al borde la caricatura, luego aparecieron Los Twist.

Los Abuelos de la Nada tuvieron a Miguel Abuelo, pero cuando Calamaro arrancó su carrera solista y se fue, los Abuelos dejaron de ser importantes.

Andrés Calamaro tiene tantas y tan buenas canciones que es capaz de dejar grandes hits fuera de la lista de sus shows. Foto: Emmanuel FernándezAndrés Calamaro tiene tantas y tan buenas canciones que es capaz de dejar grandes hits fuera de la lista de sus shows. Foto: Emmanuel FernándezEl grupo de Miguel resultó un éxito gracias a Mil horas, Así es el calor, Costumbres argentinas o Sin gamulán. En otras palabras, y mal que le pese al propio Andrés, los Abuelos fueron lo que fueron gracias a Calamaro.

Lleva ya una carrera de más de 40 años. Un día le consultamos sobre la posibilidad de hacer una nota con él mismo eligiendo sus mejores diez canciones. Nos dijo: “Hice un disco con 103 canciones, aceptame las mejores 50”. El pedido pareció justo y hasta necesario. Cinco listas sábana que terminaron en Spotify.

Es el único músico argentino que puede «olvidarse» de tocar en vivo Mil horas o Te quiero igual. Que puede olvidarse de Mi enfermedad, Cartas sin marcar, Pasemos a otro tema, etcétera, sin que nadie salga defraudado de cualquiera de sus shows.

Alumno y maestro

Mientras Calamaro, en 1982, cantaba Sin gamulán y rompía lanzas de papel con la solemnidad, Charly García y su todavía reciente Serú Girán quedaban algo pasados y arcaicos ante la propuesta del pibe que estaba en los teclados, por detrás del cantante de Los Abuelos.

Al muchacho de pelo corto y corbata se lo escuchaba fresco, con ese orgullo que solo puede emanar el talento. García produjo el primer disco de Los Abuelos de la Nada. Sabía perfectamente que Miguel no era generoso al dejarlo cantar con él. Calamaro era una tromba. Era lo que se venía.

Clics modernos (1983) podría entenderse como una respuesta necesaria a un cambio que había promovido no el líder, sino el tecladista de la banda simplemente encabezada por Miguel Abuelo. Ese discazo solista de Charly equivalía -esto es una hipótesis- al gesto necesario, obligatorio, para no seguir yendo en tren. ¿El alumno ya había superado al maestro?

Charly García produjo el primer disco de Los Abuelos de la nada, en el que Calamaro incluyó su primer hit, Charly García produjo el primer disco de Los Abuelos de la nada, en el que Calamaro incluyó su primer hit, «Sin gamulán». Así las cosas, con verdadero oído absoluto, un día Calamaro se fue a España y fundó Los Rodríguez. Habrá pensado: “¿Acá la onda es flamenco pop?” OK, y se despachó con Sin documentos, seguramente el mejor tema del género que se haya escuchado en la península ibérica toda.

Sus famosos recitales de fin de año en Buenos Aires se trataron, en esta oportunidad, de una demostración de fuerza. Conciertos hechos para que tomemos conciencia de que estamos ante un monstruo de la canción. Y que ese monstruo es argentino como Maradona, Messi, Gardel, el dulce de leche y todo lo que nos hace sacar pecho.

La presentación, es más, se pareció a una despedida, con Calamaro pateando de puntín al medio y una playlist hecha con esas que todos sabemos. Pero mientras escribimos estas líneas, casi a mano alzada, urge preguntarnos: ¿qué culpa tiene Calamaro de que él sólo sepa hacer una que conozcamos todos?

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