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Pedro Horvat: “Buena parte de la población no solo tiene urgencias económicas, si no también emocionales»

-Se estima que Argentina es el país con más psicólogos del mundo. Como psiquiatra y psicoanalista, ¿qué dice esta estadística de nosotros, considerando el duro momento que atraviesa el país?

-Es exactamente así. En algún momento se decía que había un psicólogo por cada 27 habitantes, un número elevadísimo. Tiene que ver con la sociedad de Buenos Aires en los años 40, cuando llegaron de Europa los primeros profesionales, que tuvieron una rápida respuesta de la clase media argentina, en paralelo con el interés que despertaron otras corrientes artísticas y del pensamiento.

-¿Cómo cambió ese interés?

-Pasaron cosas. Pasaron cosas con el psicoanálisis y con la sociedad. Cambió el mundo. La fantasía de curación hoy es diferente. La propuesta del proceso terapéutico del psicoanálisis es en términos de proceso, pero la sociedad tiende a buscar soluciones rápidas, a la par del recurso tecnológico: si tengo tecnología que rápidamente soluciona los problemas, algo parecido debería poder ocurrir con los problemas emocionales. Esto explica el enorme desarrollo y la preferencia por los psicofármacos. Esto por un lado…

-¿Pero entonces el psicoanálisis es una práctica de nicho?

-No. Pero la búsqueda de psicoterapias sigue siendo un interés de las clases medias y altas. Todo va de la mano de la degradación de la salud en general. Por un lado, la atención de las obras sociales y prepagas (con los “copagos”, por ejemplo) es cada vez más precaria. Por otro lado, las instituciones no pueden aumentar sus cuotas al infinito, lo que inevitablemente termina en una degradación de la atención, que por supuesto se extiende a los hospitales públicos. Así que la atención más “cuidadosa” termina siendo de nicho, en los consultorios privados. En este sentido, lo que ocurre con la salud mental con respecto a la salud en general no es distinto. Pero no terminé la pregunta anterior…

-Decía que la tendencia es a buscar terapias rápidas.

-Sí. Su pregunta tenía una suposición implícita, y es que si en Argentina nos analizamos tanto, nos debería ir mejor. Esto ha sido cierto para muchas personas, en términos individuales, pero para la sociedad se aplica el concepto freudiano de la compulsión a la repetición. Es, según la expresión freudiana, “repetir tanáticamente” (del griego “thanatos”: muerte). Significa una y otra vez encarar la misma búsqueda con la misma expectativa de solución, a pesar de los resultados frustrantes obtenidos.

«La Argentina atraviesa una péridda del sentimiento colectivo», dice Horvat. Fotos Emmanuel Fernández -Aplica bien a las sensaciones de estos días…

-Exactamente.

-En un escrito, usted reflexionó sobre la desazón dominguera, bisagra que enfrenta las relaciones familiares recuperadas el fin de semana y, del otro lado, la separación del lunes, cuando toca “remar” el mundo muchas veces adverso. ¿Cómo describiría los sentimientos de los argentinos este domingo? Pase lo que pase, será el inicio de un nuevo ciclo.

-Déjeme organizarme las ideas (piensa un rato). En un sector de la sociedad hay una profunda desesperanza. En el otro sector, pensamiento mágico.

-Aclare los conceptos, por favor.

-(El filósofo del idealismo alemán G.W.F) Hegel decía que el Estado es el representante de la idea moral. Digo desesperanza porque hace décadas que en la Argentina el Estado ha dejado de ser el referente de la idea moral. En realidad, hace años el Estado es casi sinónimo de corrupción, ineficiencia y egoísmo de sus funcionarios. Esto deriva en la pérdida del sentimiento colectivo de la sociedad. Lo de “juntos podríamos hacer algo”, no existe. Se suma la frustración por la política y los políticos de todos los signos, lo que acarrea algo más grave: las dudas sobre el sistema democrático. Si la sociedad no cree en sus representantes, busca identificarse, no con ideologías sino con espacios que responden a otros intereses: la religión, el sexo o tendencias como el veganismo y el terraplanismo. A falta de identidades colectivas, se busca identidad en pequeños grupos. Eso genera una sociedad fragmentada.

-¿Y cómo es el grupo del pensamiento mágico?

-Muchas personas sienten que lo que les queda es el recurso mágico. La aparición de una figura o de una idea que, de buenas a primeras, resolverá todos los problemas.

-¿Una terapia de corto plazo?

-Sí. Mágicamente los temas se resuelven porque los enuncio. Digo, “vamos a derrotar la inflación”, y desaparece. Es notable la penetración de los slogans simplificadores que hacen parecer que problemas muy complejos son de fácil solución. Al sector de la sociedad más sumergido, en especial los hijos y nietos de personas desocupadas, se le vuelve muy difícil creer en procesos de desarrollo. Mucho menos, tolerar esos tiempos.

-Entonces la confianza se deposita -otra vez- en las “terapias” de corto plazo…

-Claro. Solo van a creer en los líderes que sientan que les prometen soluciones rápidas. No solo por las necesidades que tienen en el presente sino porque ser hijo o nieto de una persona desocupada produce emocionalmente que el futuro desaparezca. Hay un 40% de la población que es presente puro. Es una de las mayores tragedias de nuestro país.

-¿Hasta qué punto construimos los líderes que tenemos?

-Es una cuestión circular. Históricamente padecimos una enorme mediocridad y egoísmo de parte de nuestra dirigencia, responsable de muchas decisiones que hicieron mucho daño. Eso produjo deformaciones en la sociedad, que luego termina esperando determinado tipo de dirigente. Se impone la compulsión a la repetición. El otro día escuchaba a (el periodista Marcelo) Longobardi decir algo impactante: que esto no es una crisis; así es la Argentina. Yo creo que no va a haber salida hasta que no asumamos que este es nuestro problema.

-¿Cuál? ¿La compulsión a la repetición?

-No solo eso. Hay que entender las circunstancias muy diferentes de los distintos sectores. Las promesas para la clase media y alta no sirven para las clases más humildes. Se requieren abordajes distintos, por sector. Buena parte de la población no solo tiene urgencias económicas si no también urgencias emocionales.

-Ya que lo menciona y como especialista en adultez y adolescencia, ¿cuáles son las urgencias emocionales de los adolescentes?

-Hay que dividir en dos. Para el 40% más vulnerable, pero creo que en los adolescentes llega al 60%, el futuro no existe. Es literal, no una manera de decir. Sus urgencias no son sólo económicas. Necesitan… a ver. ¡Es tan enorme lo que necesitan! Necesitan una familia. Contención emocional, algo muy difícil de encontrar en hogares golpeados por la pobreza. ¿Qué contención emocional puede tener un adolescente hijo de un embarazo adolescente? Hay que atender a estos jóvenes en estado de emergencia. El Estado debe estar presente, ingresar a esos hogares.

-¿Y el otro 40%?

-En las clases medias y altas, en donde la urgencia no es económica… (piensa). Los adolescentes son, en muchos casos, hijos de las crisis emocionales de sus padres, que además de sus circunstancias individuales están afectados por todo lo que ocurre en la sociedad. En Argentina, además, se encuentran con que el modelo de ascenso social a través del esfuerzo y la educación ha entrado en crisis. Si fue incierto para sus padres y abuelos, ha dejado de serlo para ellos. Es la primera generación que muy probablemente no viva mejor que sus padres.

-¿De dónde sacamos alguna cuota de optimismo, doctor? Hoy hay elecciones, tenemos democracia…

-(Risas) Tenes razón. Hay que cambiar el tono. Es un mal momento. Por eso a los chicos les aparece la fantasía mágica de irse al exterior. Para muchos es un proyecto concreto porque pueden ir a estudiar a Estados Unidos, pero para otros es ir de mozo a Barcelona. Sea un proyecto o una idea mágica, ambos niegan las inmensas dificultades de la migración.

-En este mar de pesimismo, ¿cuál es el rol de las redes sociales, los mensajes falsos y la verdad?

-(Piensa un rato) Las redes sociales son un enorme espacio público, como el ágora griega multiplicada al infinito. Es el lugar para difamaciones, agresiones o para que cada uno diga libremente lo que siente. El problema es que la viralización genera un efecto de “verdad”.

-La repetición consolida el mensaje…

-Sí. A la vez, las redes sociales tienen en los like un sistema de prestigio. Si está muy repetido y tiene muchos “me gusta”, debe ser bueno. Si es bueno, tal vez sea cierto. Por otro lado, Google puede contestar a una misma pregunta de cinco maneras diferentes, una seguida de la otra. Pero en Google, dato y conocimiento están confundidos.

-¿A qué se refiere?

-Supongamos que vas al médico y te da un remedio. Lo googleás y dice que un australiano lo tomó, le agarró urticaria y lo tuvieron que internar. Es un dato. El médico conoce ese dato, pero sabe -por su experiencia- que es casi imposible que eso te ocurra. Si al dato le sumás experiencia, obtenés conocimiento, pero en Google hay datos, no conocimiento. Todas estas cosas desaparecen en las redes sociales, que les quitan profundidad y complejidad a los problemas.

-Volvemos al principio: cómo abordar y resolver nuestros problemas. El psicoanálisis tiende a escarbar en el pasado. Quizás sea hora de enfocarnos en el futuro. ¿Qué opina?

-El psicoanálisis busca en el pasado, pero no para revolver sino para mostrar qué sentimientos y experiencias pasadas se repiten en el presente. Se parte de la idea de que nuestro sufrimiento, de alguna manera, es anacrónico. En las sociedades podríamos hacer lo mismo: debemos mirar al pasado para comprender qué cosas de nuestra historia estamos repitiendo. La idea de buscar en el pasado es para diferenciarlo del presente. Y acá viene el optimismo. Así como a un paciente le digo «usted ya no es aquel niño; usted hoy es un adulto», también la sociedad debería decir “nosotros somos aquellos pero no somos los mismos. Tenemos otros recursos porque pasamos por experiencias traumáticas de las que deberíamos haber aprendido”. Esta es la posibilidad de tener un futuro. Que en lugar de repetir, recordemos.

«El psicoanálisis busca en el pasado, pero no para revolver sino para mostrar qué sentimientos y experiencias pasadas se repiten en el presente», afirma Horvat. Fotos Emmanuel Fernández

Una pausa para escuchar al otro y comprender la voz interior

“Me acuerdo que uno de mis primeros pacientes en el hospital venía a consultarme porque se sentía deprimido. Tenía 50 años. Yo hablaba con él de la autoestima, de la sexualidad y de los motivos de su posible depresión, pero un día dejó de venir y no tuve más noticias de él”. Aunque la consigna haya sido amplia (“comparta un momento profesional que lo haya marcado”), es fácil anticipar que la anécdota de Pedro Horvat -psiquiatra y psicoanalista arrancando sus setentas- no tendrá final feliz: “Dos o tres meses más tarde vino una señora diciendo que era su esposa. Dijo que él había muerto. Había tenido cáncer de páncreas”.

Más allá de su dureza, el relato tiene un sentido: transmitir un aprendizaje, gesto esperable en un perfil analítico como el de Horvat, uno de esos intelectuales que se demoran en largos silencios en busca de la palabra justa. Y diagraman, a continuación, sistemas conceptuales para aportarle claridad al interlocutor. Los “por un lado” y “por otro” son muletas infaltables, en la sesuda mesa de disección de la realidad pensada por Horvat.

“Cuando supe de esa muerte me di cuenta de que, enamorado de mi teoría, yo me había perdido. Había dejado de ver al hombre en todas sus dimensiones y no había considerado la posibilidad de una enfermedad orgánica. No digo con esto que si lo hubiera considerado él se habría salvado. Quiero decir simplemente que yo no lo pensé. Ese día aprendí que estar enamorado es maravilloso, pero uno solo se escucha a sí mismo”.

-¿Hay que escuchar más al otro?

-Exactamente. Hay que escuchar al otro.

-Por qué decidió dedicarse a la psiquiatría y, en particular, al psicoanálisis?

-En realidad soy psiquiatra de rebote. Yo quería ser neurólogo y cuando rendí el examen para entrar a ese servicio y finalmente entré, tuve una mala experiencia… no encontré mi lugar ahí.

Horvat entonces decidió dedicarse a su “segunda pasión”, la psiquiatría y el psicoanálisis, interés que, presume, le viene de la madre.

Hay que imaginarla a ella, sobreviviente de Auschwitz, dispuesta a reinventarse en la Argentina. Lo mismo, el padre, un húngaro que, con el duro historial de un campo de trabajo sobre los hombros, llegó al país y entró como empleado de una ferretería; más tarde, de una empresa metalúrgica: “Si tengo que decirte, en términos personales, creo que por mi madre me interesé en todo esto. Siempre me interesó la conducta y las relaciones humanas. Mi madre era una persona que reflexionaba mucho sobre estas cosas. En mi casa no se analizaba nadie, pero diría que, en general, se hablaba mucho de todo esto. Había mucho diálogo, mucho ‘pensar’. Había muchos libros”.

La forma y el fondo se fusionan en este psicoanalista, con su preciso tono barítono y expresión mesurada, lejos de la verborragia. De la charla sobresalen las pausas, con sus “déjeme que piense” o “déjeme que ordene las ideas”. El diálogo (Horvat no lo duda) sigue vivo, aun en los silencios.

“Pero las pausas no son solo para ordenar el pensamiento”, advierte el psicoanalista, y concluye: “Las pausas son para tratar de encontrar mi propio pensamiento. Evitar los clisés y entender qué es lo que yo verdaderamente pienso”.

Itinerario

Pedro Horvat nació en 1952 en el barrio porteño de Belgrano, pero estudió Medicina en la Universidad Nacional de Córdoba, donde luego se especializó en Psiquiatría y Psicoanálisis. Por años fue miembro y docente de la Asociación Psicoanalítica Argentina y de la International Psychoanalytical Association, además de coordinador del área de atención a adultos en el servicio de Psicopatología del Hospital General de Agudos “Parmenio Piñero”. Editó la primera versión digital de las Obras Completas de Sigmund Freud, fue secretario científico de la Asociación Argentina de Informática Médica y consultor del Banco Mundial y del BID.

Al toque

Un líder: Nelson Mandela

Un libro: los cuentos de Jorge Luis Borges

Una película: In the mood for Love (de Wong Kar-wai)

Un músico: John Lennon

Un deporte: el fútbol

Un equipo: Racing

Un lugar: Venecia, Italia

Un recuerdo: el nacimiento de mis hijos

Un desafío: llegar a los 100 años

Una pasión: el fútbol

Un deseo: que mis hijos vivan en un país feliz

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